Este verano está resultando lleno de romanticismo. El lunes tuve una pincelada más de ello.
Pienso que Ratatouille es una obra maestra (y no hablo sólo del sector de la animación). Me quedé colgada del guión, con momentos magistrales como el artículo escrito por el crítico al final, del lujo visual y de las expresiones de los personajes, sobretots los animalitos.
Y sin embargo, si valoráramos las películas por la cantidad de lágrimas que nos han sacado, ganaría Wall-e.
Si en Ratatouille no pude evitar llorar en un momento único y emotivo que tiene lugar en el restaurante, con Wall-e estuve muchos ratos aguantando la respiración para no dejarme llevar y muchas otras sin poder aguantarla.
Cuando se empezó a poner de moda el fregado de los mp3 y los programas p2p, hice una recopilación de canciones “con encanto” para mí y busqué con especial interés una de Hello, Dolly! interpretada por Michael Crawford: It only takes a moment. Tan ramplona como queráis, pero siempre me había gustado. Cuando la escuché en la película la historia me ganó por completo.
“It only takes a moment
For your eyes to meet and then
Your heart knows in a moment
You will never be alone again.”
Wall-e es una aventura espacial, pero lo considero la fachada: en realidad es una historia intimista y nada empalagosa de amor y ternura a raudales.

El pequeño robot basurero es un personaje tan inocente y alegre pero al mismo tiempo de apariencia tan frágil que me pasé la película con el corazón encogido temiendo que se hiciera daño, con aquel desasosiego que da contemplar la indefensión. Durante los primeros minutos no hay diálogo, ni falta que hace; uno se limita a maravillarse de cómo consiguen los creadores transmitir tanto en las expresiones de unas máquinas que no tienen boca ni ojos convencionales.
“I held her for an instant
But my arms felt sure and strong…”

Por cierto, desde aquí felicito a los autores y me alegro por ellos porque está claro que de alguna manera, alguna vez, han amado. Si no, no podrían reproducir con una sensibilidad tan exquisita pequeños detalles que pueden pasar peligrosamente desapercibidos en el transcurso de la acción y son auténticas joyas. Como preparar una sorpresa para la persona que amas, ilusionado y feliz, o ver de sopetón un cielo magnífico y que la primera reacción sea buscar a esta persona para que lo comparta contigo.
Wall-e está solo. Es inquieto, curioso y alegre. Pero cada vez que contempla en la pantalla de un televisor estropeado la felicidad de compartir se da cuenta de que necesita dolorosamente el calor de ser amado. Y en cambio, cuando le llega este sentimiento no exige ni siquiera pide nada; ama sin planteamientos ni excusas. Se olvida de él mismo y busca su felicidad en la de su enamorada. Planta cara a las dificultades y el desconcierto y ama con más intensidad, siempre fiel a quién le ha hecho conocer las emociones más dulces de su vida llena de chatarra y suciedad.
No es casualidad que los sentimientos de los robots aparezcan más humanos que los de los propios hombres; la película también habla de un futuro poco deseable, nos da un “toque” en la cabeza tozuda, depredadora y perezosa para que sepamos cuidar de nosotros, de nuestro interior y de la Tierra.
Hay escenas memorablemente poéticas que es mejor que descubráis vosotros mismos. Del virtuosismo del dibujo y la animación no hace falta decir nada, son espectaculares.


Dejad a un lado las inclemencias con que la vida adulta nos endurece e id a verla; cuando escuchéis la vocecilla de Wall-e diciendo “Eva!” de mil maneras diferentes, con mil ternuras diferentes, os daréis cuenta de que los guiones que te llegan al corazón a veces pueden escribirse con una sola palabra.
“It only takes a moment
To be loved a whole life long.”

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