Me gusta cumplir años. Y el día 12 cumpliré 40. Es un número lo bastante alto como para hablar del pasado con añoranza y tomarse las cosas con más filosofía y serenidad. Aunque, sinceramente, no me identifico con la imagen de mujer mayor que me venía a la mente cuando tenía dieciocho años y me hablaban de una señora que estaba en la cuarentena. Y como nunca escribiré una autobiografía, entre otras cosas porque no interesaría a nadie, me ha apetecido escribir cuarenta cosas que recuerdo de mi vida. Cuarenta pequeñas anécdotas, repartidas en las cuatro décadas que llevo vividas.
01-10
Quizá el primer recuerdo de mi vida: El sabor delicioso de la papilla caliente que mi tía me daba de madrugada. Y un recuerdo recurrente, no tan bonito: una taza de plástico llena de carne triturada. Mi comida diaria durante seis años.
Cada noche, me fascinaba que mi tía se hiciera una coleta para no despeinarse mientras dormía. Era mi heroína, y soportó estoicamente mi manifiesta admiración.
Mis abuelos tenían un armario bajo que hice mío: me sabía de memoria qué guardaba allí, pero cada vez que lo abría me parecía especial y diferente. Todavía recuerdo su olor. Tomaba folios, los Plastidecor y los rotuladores, que guardaba en una cajita marrón, o bien un libro, y me perdía para todos durante horas.
Montserrat Fortuny llenó muchas mañanas que pasé enferma en la cama. Y Elena Francis, muchas tardes a los pies de mi abuela mientras ella hacía calceta. Le pedí que me enseñara; deshacía pacientemente mis chapuzas y me animaba a volver a empezar. Cuando yo tenía que guardar cama, era ella la que me acompañaba. Se pasó toda una noche tejiendo y cuando me desperté vi que había dejado en la mesita a mi muñeca preferida con un vestido acabado de hacer.
El Un, dos tres era el concurso de moda. Me compraron el juego de la Ruperta Fantasma, que consistía en hacer preguntas de cultura general. Yo jugaba con mi abuelo, le preguntaba y él respondía. Cuando le veía pensar con concentración las respuestas me admiraba que quisiera jugar conmigo y me tomara tan en serio.
El equipo de música de mi abuelo se ha utilizado poco. Una vez puso un disco de Glenn Miller. Fue la única ocasión en que vi a mis abuelos bailando. Y también la única que les vi dándose un beso.
El olor de humedad más agradable que conozco: El de la casa del pueblo. De cada momento pasado allí podría hacer un post entero. Aún hoy sueño con ella muchas veces.
Mi padre escuchaba a los Beatles acostado en el sofá y siguiendo la letra que había escrita en el envoltorio del disco. Yo también intentaba seguir, cuando ya mayor entendí que los “Strouberi fils” no tenían nada que ver con hilos (en catalán, “fils”) de coser, me pareció un descubrimiento increíble.
Comenzar a leer a los tres años es peligroso para quien tiene que sufrirte: mi madre se tragó la lectura en voz alta que yo, sentada en una sillita de madera, le hacía de los grandes clásicos de todos los tiempos: Mortadelo y Filemón, gracias a los cuales supe muy pronto, por ejemplo, que existía Jamaica y que había una profesión que se llamaba “egiptólogo”.
En gran parte por eso recuerdo el aburrimiento mortal que fue para mí el parvulario. Y aunque siempre he sido muy alegre, no entendía la violencia de algunos niños ni la necesidad de jugar corriendo, gritando desaforadamente y dando golpes por todas partes.
10-20
El día que nació mi prima mayor, yo estaba en la escuela. Alguien me quería decir algo y yo, que corría ilusionada por el pasillo, interrumpí diciendo: ¡Ahora no, mi ahijada acaba de nacer! Y fui al teléfono para que me dieran detalles del acontecimiento.
No sé por qué, recuerdo mucho una excursión en Llívia. La farmacia antigua me pareció una maravilla, como el paseo por las callejuelas estrechas y frías.
A los trece años, La literatura me enganchó definitivamente. Me empecé a aprender de memoria todas las poesías que me gustaban, y a escribir con avidez. Mis poesías de aquella época ahora me resultan tan ridículas que me dan auténtica vergüenza. Pero ya me había viciado, y no podía volver atrás.
Con dos chicas totalmente diferentes a mí y entre ellas completamos el trío de amigas del alma. Teníamos a las monjas un poco mosqueadas porque sacar buenas notas y ser travieso (seamos suaves) no estaba muy bien visto. ¡Pero qué buenos ratos …! Y un buen día, el primer chico me manifestó su admiración. Me dijo: “Te quiero, cojones!” Yo no estaba por esa labor concreta -quizá por eso vino el “cojones”-, pero él sigue siendo uno de mis mejores amigos, y una persona muy valiosa para mí.
La mayoría de reuniones familiares fueron en esta época, antes de que todo -supongo que por maldita ley de vida- comenzara a desintegrarse. Recuerdo la alegría que aportaba mi tío. Invariablemente, los comentarios más divertidos siempre salían de él. Yo no me perdía ni una sobremesa.
Otra cosa que la familia me sufrió: la afición a tocar canciones de oído al piano del bisabuelo. Como compensación -para el piano- lo hice restaurar y ahora luce precioso. ¡Cómo me gustaría saber tocarlo de verdad!
Estar enferma no significaba escaquearse me hacer deberes. Mi padre me enseñaba matemáticas con la técnica cruel y soviética de hacer pensar (que más adelante yo misma utilicé con mis primas). Cuando la sufres te cagas en todo, pero cuando disfrutas de los resultados estás realmente agradecido.
Los exámenes me resultaban muy desagradables. Recuerdo que con 11 años nos pusieron uno de geometría, de aquellos que había que resolver sin calculadora -raíces cuadradas incluidas-. Ningún resultado daba exacto y salí del examen llorando lágrimas y decimales. Después fui la única que sacó un 10 y la profesora se cabreó conmigo. Con 14 años, suspendí un examen de matemáticas por primera y única vez. Me sentí tan mal que en la Facultad, cuando navegaba entre integrales triples y ecuaciones diferenciales, me hice todo el libro de ejercicios voluntariamente para no cagarla.
A los 10 años mis padres me regalaron el libro de la serie Cosmos. Para variar, estaba enferma en la cama y lo devoré. En la Facultad, la noche que los profesores nos dejaron observar con un telescopio nuevo que habían comprado fue indescriptible. No se puede ver los anillos de Saturno y no recordarlo como una de las experiencias más venerables que has tenido.
No tengo claro cuando acabé siendo una maniática del orden y las cosas limpias. Seguramente no fue una evolución natural, y la insistencia de mis padres tuvo mucho que ver. Gracias a ello, el profesor de Química de la Facultad me pidió mis apuntes para fotocopiarlos y usarlos como guión para sus clases. Esta es la anécdota, el recuerdo bonito es que como agradecimiento me regaló un mineral de Pirita precioso -él trabajaba en eso- que guardo expuesto en una vitrina con cariño y orgullo.
20-30
Recuerdo una noche de muy poquitas horas de sueño ayudando a mi prima pequeña a escribir una obra de teatro para la escuela. Quedó muy bien, aún me río leyéndola. Y ella, que hizo uno de los papeles, fue la mejor. Todo el mundo la felicitó.
Curiosamente, lo que más recuerdo de cuando entré a trabajar, después de semanas de pruebas diversas, es el examen ante el tribunal. Era la última de las tocadas de huevos que tenías que pasar a cambio de un trabajo bueno y fijo. Recuerdo las preguntas que me hicieron, y como intenté parecer serena mientras las contestaba. Supongo que no oyeron mis rodillas golpeando entre sí.
He trabajado en varias localizaciones de la misma empresa, pero los comienzos fueron duros. Tenía un viaje de más de una hora y durante siete horas más no tenía ni tiempo de ir al baño. Las jornadas se alargaban la mayor parte de los días, y a veces llegaba a casa a comer a las cinco o seis de la tarde. Eso sí, con la vejiga descargada.
Un compañero de trabajo que además era profesor de ingeniería me acabó de hacer feliz (¡es un decir!) Proponiéndome una colaboración con él por las tardes. De vuelta de uno de mis viajes a la Facultad para cambiar impresiones sobre el trabajo, ya había tomado una de las decisiones más significativas de mi vida: comprarme un ordenador. Eso y el descubrimiento del Corel3 para diseño gráfico fueron el comienzo de una historia de amor con la Informática que sigue con muy buena salud.
Los buenos amigos son tesoros. Uno de ellos me propuso para participar en un curso de formación que como consecuencia más importante tuvo la de hacer uno de mis mejores amigos. Está lejos pero nunca nos perdemos la pista. Le agradezco cada conversación, cada palabra comprensiva y cada detalle que tiene conmigo. A veces ve un libro que cree que me puede gustar y me lo envía. Tiene la habilidad de saber hacerme sentir muy especial.
También descubrí algo importante: Las escalas de valores habían cambiado y me faltaba el amor por la política y el poder que me podía llevar a un ascenso rápido y seguro. Decidí que más valía aceptarme tal como era. Mi relación con los jefes que he tenido ha sido en general muy buena y nunca me he mordido la lengua ni he renunciado a decir lo que pensaba. Se puede decir todo si se dice bien.
Otra decisión importante: no dejar pasar más tiempo sin hacer teatro. Recuerdo como si fuera ahora mismo la prueba que me hicieron para entrar en el grupo donde acabé arraigando. Un fragmento del Cuento de Navidad de Dickens. Empecé haciendo de espíritu de las Navidades Futuras.
Tengo que hablar especialmente de la sensación de estar sobre un escenario. Cuando todo está iluminado no ves al público, y a pesar de todo les sientes respirar, vivir, estar pendientes de lo que haces y dices, emocionarse, reír o llorar. A mí me la sopla que digan que los actores tienen afán de exhibicionismo, para mí la magia irresistible del teatro consiste en ser capaz de arrancar a la gente de su cotidianidad y hacerles SENTIR. Se me pone la piel de gallina.
Encontré los compañeros perfectos para hacer teatro: compartíamos el sentido del humor y la total dedicación. Y el director perfecto, que nos enseñó todo lo que ahora sabemos y que se merecería haber encontrado un lugar entre los más famosos y reconocidos. Una vez más, la vida me trajo a quien era necesario cuando era necesario, en su organización misteriosa de destinos y circunstancias.
30-40
Mis amigos y yo hicimos un montaje teatral que si se hubiera puesto en escena hubiera sido precioso, de vez en cuando lo leo y me siento orgullosa. No pudo ser. La vida empezaba a cambiar para todos. Un buen día vi que el teatro ya no cabía en mi esquema de vida. No me dolió, simplemente tenía que hacer un nuevo camino.
Mi prima mayor se fue muy lejos a buscar una vida que al final no le sonrió como ella esperaba, fue un año y medio de angustia y preocupación. Ella y su hermana son una referencia constante en mi vida.
Época de altibajos en el trabajo, después de una etapa muy agradable en la que hice una buena amiga las cosas empeoraron, pero ahora el sol vuelve a calentar. Ya veremos por cuánto tiempo.
No sé si hay un destino marcado, o si hay historias que inevitablemente han de encontrarse. Un día él llamó con insistencia a la puerta de mi mundo, y descubrimos como dos personas imperfectas, juntas, pueden sentirse perfectamente a gusto. La mañana siguiente a la primera noche que hablamos, la emoción me hizo equivocarme de parada de metro y tuve que caminar un buen trecho hacia el trabajo.
Recuerdo a dos niñas pequeñitas que me miraban tímidas y curiosas y que ahora apenas empiezan a vivir. He aprendido a observar cómo crecen con discreción y prudencia, sin imponer mis opiniones ni asumir responsabilidades que no me corresponden, pero esperando siempre que, a pesar de todo, sepan salir adelante.
He perdido dos personas cercanas y queridas. Y me preparo para lo que puede venir. En este sentido, comienza una etapa difícil que espero asumir con serenidad.
Descubrir la blogosfera ha sido fantástico. Llegó un momento en que me angustiaba no poder comentar todos los posts de tanta gente a la que me gustaba leer. Ahora me planteo hacerlo tranquilamente, cuando tengo tiempo. Y lo mismo para actualizar mi blog. Pero no quiero cerrar esta ventana a un mundo de gente preciosa que tiene tanto que dar y recibir.
No sé si habría entrado en contacto con mi tío paterno si no hubiera sido por el blog. Me gustó que se asomara, tomando la antorcha de padrino que tenía en un rinconcito de su vida. Las relaciones cambian. Los padres no son ya la pareja de policías que vigilan y amonestan, sino dos amigos que pueden ayudar pero también necesitan ser ayudados.
Tengo muchos CD de música en el coche, pero me emociono especialmente cuando estoy conduciendo y suena el leitmotiv del adagio de Espartacus, de Khachaturian.
El mejor recuerdo de un viaje: Londres. Podría elegir cualquier momento, pero compartir la emoción del final de Les Misérables con él fue magnífico.
Ningún recuerdo malo es lo suficientemente fuerte como para oscurecer la luz de los buenos. Nadie conoce el futuro, es parte de la magia de todo este invento, pero haber llegado a los 40 y sentirse tan feliz por todo lo que he vivido es un auténtico privilegio. No hace falta entrar en si hay alguien superior a quien agradecerlo; para mí ya es suficientemente importante dar las gracias a todos los que lo habéis hecho posible.

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