Dedico este post a Roser, que con más razón que un santo me preguntaba qué era de mi blog. Y pido disculpas a todos los buenos amigos blogueros por no haberme asomado a sus queridas ventanas. Sigo por aquí.
Y ahora, al tema que nos ocupa.
Las he llevado en brazos, les he cantado nanas y en parte gracias a ellas no he echado de menos hijos ni hermanos.
Al principio, parecía que siempre iban a ser pequeñas. La escuela, los deberes, los trabajos y más de una rabieta sin pies ni cabeza, entre ellas o con la familia, salpicaban aquí y allá el panorama del día a día. Ualaub nos proporcionaba tours interminables por todas las habitaciones de la casa bajo la falsa promesa de que cuando llegáramos a la habitación de
marras se tragaría la próxima cucharada. Gesche, cuando llegó, dejó claro que teníamos que poner lejos de su alcance las cosas que tuviéramos algún interés en conservar enteras.
Tengo once años más que Ualaub, y quince más que Gesche. Ualaub me llamaba “Lalen”, y Gesche “Uaua”. Tal vez un astrólogo eficiente sabría por qué dos chicas nacidas el mismo día, con el mismo ascendente, parecen un retrato y su negativo. Supongo que hablaría de los cuatro años de diferencia y los aspectos planetarios. Yo todavía no le he encontrado el punto, ni me importa.
El caso es que, contra todo pronóstico, congeniamos. Aceptaron mi obsesión didáctica incluso diría que de muy buen grado, con atención e interés. Cada vez que me hacían una pregunta se me caía la baba y no me molestaba en secarla porque continuaba cayendo cuando veía que escuchaban la respuesta.
Un buen día, crecieron lo suficiente para poder hablar de todo. Y la época en que la vida aún no te ha pegado leches lo bastante grandes la reímos juntas. Y digo “reímos” porque “vivimos” resultaría poco explícito. Pude dejar -un poco- de lado el magisterio para insertar anécdotas personales divertidísimas que a veces todavía recordamos. Nunca me inventé nada, pero
ellas alucinaban con lo que habían dado de sí mis años de más. Igual que se sorprendían de cómo mis advertencias se cumplían al dedillo, sin más misterio que el de la experiencia.
Supongo que les gustará que recuerde aquí las vacaciones anuales con nuestros padres respectivos en una pequeña isla balear. Dormíamos las tres en la misma habitación. Una noche me despertaron ruidos extraños y a la luz de la luna vi a Gesche que, completamente dormida, estaba de rodillas en la cama moviendo los brazos como si nadara. A la braza le siguió
el crol, tras una plancha sobre el colchón y un admirable juego de pies que no sé cómo no la hicieron despertar del mismo susto.
D’altres nits no podíem parar de riure recordant annècdotes, o escenes d’obres de teatre, o explicant acudits.

Si no heu anat mai en transport públic tot parlant en veu alta d’una amiga sociòpata -fictícia, naturalment- amb detall de les seves malifetes, tot mirant de reüll les cares de la gent, us ho recomano. El secret és la seriositat, però després a casa us podreu deixar anar a gust recordant-ho. Des d’aquí demano perdó a totes les velletes que en el seu moment vam escandalitzar!
Si mai no heu tornat de revetlla de cap d’any a les vuit del matí i us heu posat a fer cent cinquanta canapès pel dinar de tota la família sense dormir ni una mica també us ho recomano. D’acord, és cansat de collons, però molt agraït. Us en poso una mostra tan minsa com significativa.

El menú continúa: Las clases de Alemán, la noche que salimos vestidas y peinadas igual (no hagáis caso a esta pijada de no querer llevar el mismo vestido que otra, ¡de hecho da mucho más juego lo contrario!), El día que mi buen amigo Pinyola nos aficionó a la cocina japonesa, la cena con la que Ualaub y yo celebramos que estábamos “Capacitadas para la corrección de textos orales y escritos” en catalán, las conversaciones con los muñecos (locura mía que ellas siempre han compartido), su apoyo cuando hacía teatro y su posterior afición (también hemos ido por la calle recitando fragmentos enteros de obras), las largas caminatas hacia la playa, los días de paella de turista y sangría, solas …
Ya mayores, algunos veranos nos escapábamos con los abuelos a la casa del pueblo. Y retomábamos el placer de hablar hasta la madrugada, hacer pompas de jabón y leer en voz alta los cuentos de hadas de nuestras madres. Un día nos hicimos toda la Sirenita original de Andersen (quien la conozca sabe que leerla en voz alta no es ninguna tontería). Y una noche de Navidad, Gesche y yo hicimos lo mismo con el Poema de Nadal de Sagarra.
No recuerdo muy bien cuando empezamos a cagarla o a tropezar un poco con la vida. Es una lotería que siempre acaba tocando. Además, con la edad aumenta la sensación de superioridad y la magnitud de las cagadas. A Gesche, que de cría era mucho más abierta, ahora le cuesta horrores explicar meteduras de pata. Ualaub y yo, en eso, somos más espontáneas. No estamos siempre de acuerdo unas con otras, pero siempre les he dicho la verdad de lo que pienso, aunque a veces esté segura de que no les gustará oírla. Y pienso que ellas hacen lo mismo conmigo.
Ahora vivimos lejos y los horarios no acompañan. Creo que la vida debe seguir su curso y que las cosas son como deben ser. Tengo olvidado el último día que fuimos de tiendas juntas, o a un museo, o al cine a ver una de miedo, o a comer una buena comida y un postre de vicio. Es posible que ahora no sea el momento. Pero cuando lo fue, lo tuvimos. Esto es suficiente
para sentirnos afortunadas.
Y ahora que las dos se van aún más lejos por unos días, juntas, me ha dado por pensar cómo sería irse con ellas y sumarme a la ecuación. Tendríamos una ecuación y tres incógnitas. Irresoluble, pero indiscutiblemente divertido.
Si algún día vuelve a ser el momento, creo que hablo por las tres cuando digo que nos pillará duchadas y con la maleta a punto.
Volved y contádmelo todo.

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