La ropa me espera, preparada y paciente, colgada desde la noche anterior en el respaldo de la silla. La pillo, aún dormida, mientras intuyo que él se remueve suavemente entre las sábanas. Otra cosa buena del verano: una pieza o dos. Ya está.
Me visto a oscuras.
Hasta aquí, ningún problema aparte del atentado antinatural contra mi reloj biológico. Pero resulta que cuando unos zapatos me ajustan bien a veces compro dos pares de color diferente, por aquello de la variedad. Y sabía que algún día me pasaría.
Hoy me he puesto un zapato de cada color.
Y no tengo excusa, porque aparte de vestirme no hago nada más a oscuras. Mi estado catatónico a aquella hora de la mañana es tal que hasta que no he estado sentadita en el tren no lo he visto. Y me he preparado para pasar un día entre rojo y negro.
Abro los ojos momentos antes de que suene el despertador.
Salgo a la calle. Hace buen día.
Me doy cuenta del color de los zapatos y me cago en todo.
Pienso en mi agobio matinal. Sonrío.
Me espera un día de mucho trabajo.
En el Mp4 suena una de mis canciones preferidas. Por la ventana del vagón todavía puedo mirar con los ojos desnudos el sol que nace.
Hay una pequeña crisis en el trabajo.
Nos visita a un compañero jubilado a quien quiero mucho.
El día pasa cargado y mareante.
Él me viene a buscar al trabajo.
Tengo una larga lista de cosas por hacer.
Ya estoy en casa y la cama me invita a dormir un rato.
No puedo. La lista se impone.
Lo termino todo y tenemos a mis padres a cenar.
Se acorta la sobremesa: nos ven la cara de cansados y prefieren irse.
Es fin de semana … ¡y nos marchamos una semana de vacaciones!
Hasta la vuelta. Nada es siempre ni sólo negro.

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