Es de otra pasta. Estoy segura.
Nació en Gandesa. Su madre era madrileña. Una mujer buena y fuerte, como tantas. Su padre era catalán. Un hombre bueno y débil, como tantos. Él fue el mediano entre dos hermanas, Aurora y Elisa (¡qué nombres tan bonitos…!). Ellas ya no están.
Pronto todos se trasladaron a Reus. Él tenía aspecto de “lechuguino” de postal de colección, con cejas gruesas y oscuras y un pequeño bigote bien dibujado. Siempre delgado como un pajarito.

Las manos, de dedos cortos y gruesos, no le impidieron tocar en la Mickey Orquestra, donde alguien lo bautizó como “el destrozapianos”. Dicen que lo hacía muy bien, que era impulsivo y enérgico al teclado. Siempre ha tenido el carácter tan fuerte como la voz.
Durante la Guerra, desde la calle, vio cómo una bomba caía en su casa y convertía en astillas el piano que su madre le había comprado con tanto esfuerzo como amor. Se prometió no volver a tocar nunca más y lo cumplió. Recordad esto para más adelante.
La Guerra, que destruye y construye vidas, lo convirtió en conductor de camiones del ejército. En uno de sus viajes encontró una bolsa con un millón de pesetas. ¿Hay que decir que en el año 36 eso era una fortuna? Fue al ayuntamiento más próximo y devolvió lo que había encontrado. Yo lo cuento como una hazaña. A él le resultó tan natural como cambiar de marcha con el camión.
Otro de sus viajes le llevó a un pueblo del Baix Llobregat donde, detrás de unos ojos grandes y relucientes, encontró a Elvira (¡Qué nombre tan bonito…!).

A Elvira no la devolvió. Se casaron cuando ella tenía sólo diecinueve añitos y se la llevó a Reus un tiempo, hasta que él consiguió el traslado a Barcelona que había pedido al banco donde trabajaba.

Es de otra pasta. Estoy segura.
El padre del Elvira se vio obligado a hipotecar la casa del pueblo para comprar un piso a su otro hijo. En aquel tiempo, hipotecar una casa cuando uno no nadaba en la abundancia era una situación difícil y preocupante que al padre del Elvira le costó la salud y la vida. Pero murió tranquilo: Su yerno le había prometido que pagaría la hipoteca y que la casa no se vendería. Y sabía que su yerno no mentía.
Aquella casa en el Baix, donde la hija mayor de Elvira y él -tuvieron dos- había nacido y había pasado sus primeros años con los abuelos, se acabó convirtiendo en el destino de los fines de semana y el veraneo. Mientras tanto, en un pisito de Ciutat Vella, Elvira hacía de hormiguita en tiempos difíciles mientras él, que además de trabajar en el banco dedicaba las tardes y noches a llevar la contabilidad de tres empresas distintas, no tenía tiempo para descansar y se quedaba dormido sentado en la mesa del comedor sobre los libros del Debe y el Haber.
Muchos años después, la hija mayor tuvo una hija: quien os está explicando esto. A los cincuenta y siete años él tuvo la primera nieta. Después vinieron dos más, mis primas. La única ventaja que he tenido respecto a ellas es que le conocí cuando todavía rebosaba energía y vitalidad.
El recuerdo más lejano que tengo de él en el tiempo es que le llamaba siempre que estaba triste o me reñían. Porque daba igual lo que yo hiciera, daba igual que tuvieran razón. Él siempre me defendía.
De acuerdo, era antipedagógico, pero para hacerme caminar recto ya estaban mis padres. Él era el abuelo.

Como la historia no se repite sólo para las cosas malas, resultó que mi escuela y el trabajo de mi padre estaban muy cerca del pisito de Ciutat Vella, que se convirtió en el centro de operaciones. Yo me quedé a dormir allí años seguidos. Los primeros años. Con los abuelos.

Elvira es toda una mujer. Pero hoy le toca a él.
A él le gustaba pasear arriba y abajo del pasillo de casa con las manos a la espalda. Yo me colocaba detrás, le cogía las manos y paseábamos juntos en silencio ratos larguísimos.
Por la noche, me ponía de pie en la mesilla de noche, mirando la ventana desde donde se veía el tejado de unos grandes almacenes. Él, detrás de mí, me agarraba y me explicaba que las muñecas, ahí dentro, dormían y esperaban que al día siguiente las fueran a comprar para niñas como yo. También me hablaba de las estrellas, de lo lejos que estaban, de lo grandes que eran y de cómo quemaban. No me cansaba nunca de preguntar. Nunca se cansó de responder.
Cuando estaba en su despacho y se disponía a abrir el gran armario metálico yo corría a su lado; me fascinaba el ruido de la puerta plegable al abrirse, el olor del metal y los cientos de cosas que guardaba pulcramente allí desde hacía muchos años: documentos, lápices, bolígrafos, lacre, papel secante, sellos, tinta, tampones, una brújula, un pequeño nivel del tamaño de una moneda con un líquido naranja y una burbujita juguetona… pasaba horas escuchándole la vida de cada objeto, de cada papel.
Cuando me costaba dormir, que era a menudo, se sentaba en una incómoda sillita de madera en mi lado y me explicaba cuentos. Siempre hacía que a Pulgarcito le ocurrieran cosas diferentes. Ahora me siento terriblemente culpable cuando recuerdo que era él quien se dormía y yo le desvelaba para que continuara la historia.
Siempre ordenado, siempre meticuloso. Tenía un tocadiscos que no dejaba tocar a nadie. A mi me lo dejó estropear con mis manos infantiles impacientes y torpes sin hacerme ni un reproche.
Siempre con un sentido más que peculiar de la puntualidad. Acostumbraba a llegar tarde a todas partes, excepto en dos ocasiones: cuando tenía que ir a ver jugar al Barça y cuando me tenía que ir a buscar a la escuela.
Recuerdo los últimos años que trabajó; recuerdo cuando se levantaba y se afeitaba; recuerdo el olor de la colonia que se ponía y que todavía se pone: “el masaje”, como lo llama él. Después de cuarenta y cinco años en el banco se jubiló habiendo llegado a ser el responsable de todas las agencias de Cataluña sin haber adulado a nadie, sólo por su responsabilidad y su trabajo bien hecho.
Le recuerdo los domingos cuando leía el periódico de la primera a la última línea, cuando escuchaba el fútbol con la radio sobre la oreja, cuando miraba sellos, cuando comía tostadas con sal y aceite, cuando los dos, por Navidad, compartíamos la cajita de barquillos.
Es de otra pasta. Estoy segura.
Yo también veraneé muchos años en la casa del pueblo con toda la familia. Él, siempre delgado y ligero, se subía al tejado para revisarla mientras Elvira le regañaba por imprudente. Siempre tenía cosas que hacer en la casa del pueblo.
Allí teníamos un piano, que el padre del Elvira -mi bisabuelo, a quien no llegué a conocer- acostumbraba a tocar. Pero el piano estaba cerrado, mudo. Y yo pregunté por qué el abuelo no lo tocaba. Me dijeron que había prometido no hacerlo y que no lo tocaba nunca. En aquel momento no me explicaron por qué.
Pero cuando yo, sin hacer caso de lo que me habían dicho, le pedí que tocara sonrió, abrió el piano que estaba cerrado con llave y tocó. Había perdido práctica pero la energía estaba intacta. Tocó. Así de fácil. Y ahora que conozco su rigidez, su sentido del deber y el dolor de ver “morir” de manera tan brutal el querido piano de su juventud, es cuando me doy cuenta del amor que llegaba a sentir por aquella mocosa de pocos palmos.
De muy pequeña yo ya desaparecía para el mundo -y el mundo para mí- si me daban un lápiz y un papel. Él guardaba mis escritos y mis dibujos como si fueran tesoros; me enseñó a poner siempre fecha en todo aquello que hiciera y cuando no me acordaba la ponía él mismo. Si continúo respirando, una de las pruebas más duras que tendré algún día será mirar un dibujo mío con una fecha puesta por su mano. Pero hoy no. Todavía no.

Tiene noventa y seis años. Su lucha por mantener las cejas negras ha hecho que ya no sean gruesas. Lleva el mismo bigote y todavía es delgado como un pajarito. No ve bien, casi no oye. Cuando hablamos, la voz, antes poderosa, se le quiebra. Aún se preocupa por mí, por mi trabajo, se sabe de memoria las paradas que hago con el tren, me pregunta si soy feliz. A veces me rebelo y me conmuevo a partes iguales porque pienso que la vida le ha quitado la fuerza y el empuje. Otras pienso que ahora tiene el premio merecido de la serenidad después de una vida plena, activa y absolutamente generosa. Muchas personas han conocido su ingenuidad y buena fe. No se le hace reír con cualquier chiste, pero yo le he visto contento muchas veces. Sobre todo cuando ha estado conmigo.

Mirad, no somos perfectos, nadie lo es, pero si miro atrás pienso que gracias a él entendí los conceptos de amor y bondad antes que muchos otros. Y eso es lo mejor que se puede decir de alguien. Porque es de una pasta diferente. Pasta de Ángel.
Ángel.
Abuelo, no podías llamarte de otro modo.
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Maravillosas imagen y palabras de Carme Rosanas, del blog "Col·lecció de moments".
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Un regalo mágico de Cèlia, del blog "Transparència".









¿QUIÉNES ERAN LAS TREMENTINAIRES?
Salían dos veces al año: generalmente, durante el otoño visitaban el Pla d’Urgell y comarcas próximas. Por Navidad volvían a casa, y a principios de enero se dirigían al centro y nordeste de Cataluña. Esta segunda salida acababa por Pascua, como describe la expresión que utilizaban: Rams amunt, Pasqua a casa (Ramos arriba, Pascua en casa).




