Ni sé cómo se llama ni sabe cómo me llamo. Tiene unos 20 años, los ojos castaños y el pelo también, recogido en una coleta. Todos los días en que RENFE nos ha invitado a viajar sin pagar, como si por alguna razón inexplicable tuviera que resarcirnos de algo, me he acercado a coger el billete gratuito hacia mi destino. Ni tenía que pedírselo. Algunas veces era tan rápido como pillárselo con un “gracias”. Otras, algún viajero con poca prisa o pocas ganas de ir a trabajar le pedía un billete de pago y volcaba el monedero en el mostrador, con un escnadaloso tintineo de monedas que no presagiaba nada bueno. Y cuando ella me veía esperando al final de la cola engendrada por ese tapón recalcitrante, siempre se lo montaba bien: se inclinaba para que la viera y me deslizaba el billete por una rendija providencial para que no perdiera el ten. Un día llegó a darle el billete a una viajera de la cola diciéndole: “¿Se lo puedes dar a esa chica?” Y yo lo recogí, seguida por las miradas envidiosas de los integrantes de la longaniza humana, que debían pensar que yo era una íntima de la chica o la Señora RENFE en persona.
Hacía ya días que no le decía nada; ahora hay que volver a pagar el billete y a aquella hora centro mis esfuerzos en marcar lo más rápido posible sin que los periódicos gratuitos que llevo bajo el brazo interactúen con el bolso y todo acabe por los suelos. Pero ayer fue diferente.
Cuando acababa de marcar y me dirigía al andén, la chica salió a mi encuentro y me preguntó si iba a la estación de siempre. “Sí, guapa”, le he dicho -suelo llamar “guapa” a les chicas que me caen bien-.
“¿Me puedes hacer un favor?”
“Sí, claro”
“¿Puedes darle esto al chico de la taquilla?” -Dijo mientras me tendía un pequeño envoltorio-.
“Claro” -Le respondí-.
Lo cogí y miré mi mano de reojo para no parecer demasiado curiosa, aunque se intuía con suficiente claridad lo que era aquello.
Un Snickers. Mejor dicho, medio Snickers. Una chica que no me conoce y a quien no conozco me escoge a mí entre toda la gente a quien sí conoce y que va al mismo sitio que yo para dar medio Snickers a un chico a quien tampoco conozco y que tampoco me conoce. Genial.
Un Snickers, como podéis ver en la foto, es un dulce de galleta, chocolate, caramelo todas esas cosas tan malas para el colesterol como buenas para el paladar. El dulce estaba claramente comido hasta la mitad, y el envoltorio estaba doblado para cubrir la parte que quedaba dentro.
Bien mirado, el día no empezaba mal. Al menos era original.
No sabia qué hacer con aquel paquetito. Al final me lo metí en el bolsillo de la americana, confiando en que a las siete y media de la mañana al calor aún no le apetecería prepararse un chocolate caliente en ese preciso lugar. Pasé el viaje pensando en el destinatario de ese snack semicomido y en su reacción cuando lo recibiera.
Llegué a la estación con tiempo suficiente y me acerqué a la taquilla. El chico tenía unos veinte años, los ojos castaños y el pelo también, pero sin coleta: engominado y en punta. No se parecía físicamente a la chica, o sea que descarté el parentesco, al menos como hipótesis prioritaria. Me dedicó un “Dime” medio entorpecido por el sueño y preparándose para dispensar alguna tarjeta de las que custodiaba.
“La compañera de Gavà me ha dado esto para ti.”
Si no hubiera tenido clara la expresión “iluminarse la cara” ayer la hubiera entendido por completo. Soy observadora compulsiva, también es verdad. Me fijo en detalles mínimos a los que luego hago autopsias mentales. Uno de estos despieces me vino provocado por la sonrisa del chico. Era un jovencito para mí normal, de esos con los que te cruzas por la calle sin ni siquiera mirarlos; con un gris casi ofensivamente acentuado por la cara de desgana y sueño. En cambio, la sonrisa le dio una vida inesperada, convirtiéndolo en un chico casi atractivo, llameante.
La escena duró pocos segundos. Y me fui a trabajar, dejándole feliz con su medio Snickers. Después, claro, continuaron las elucubraciones. “¿Por qué yo?” era una de ellas, pero pronto dejé de hacerme esa pregunta porque no era ni de largo la más interesante.
- ¿Los dos compañeros son espías internacionales y habían escondido un chip con información de gran importancia para la seguridad mundial dentro del paquete?
- ¿La chica se había comido medio Snickers y al no querer más decidió invitar a un compañero al azar?
- ¿Se aburren en las taquillas y montan bromas o apuestas en las que hacen participar a los pasajeros?
- ¿En vista del éxito del bookcrossing se han organitzado redes de Snickerscrossing que pueden hacerse extensivas a otros alimentos?
- ¿Podremos ver pronto a personas que sin conocerse previamente se hacen entrega de latas de aceitunas rellenas o jamones pata negra a medio consumir, dando lugar a amistades vitalicias?
Mi imaginación no descansa…
“¿Hola chati, cómo estás?”
“Hola cari, tengo mucho sueño. ¿Y tu?”
“Yo también. Ayer caí al momento, y hoy mi madre ha tenido que llamarme tres veces. Esto del curro es una mierda.”
“Ya. Ahora que hay que pagar no paro. A las siete un idiota me ha insultado.”
“Dime quién es que le pego una hostia. A mi prince no la insulta nadie.”
“Tonto.”
“¿Ya has desayunado?”
“No, pero me he comido la mitad del Snickers que me compraste ayer. Está bueno.”
“Tú sí que estás buena.”
“¿Quieres?”
“Claro. Luego te como entera.”
“No, tonto, del Snickers. ¿Quieres la otra mitad?”
“Hombre, claro, y me lo mandarás en tren, ¿no?”
“Quién sabe… adiós cari. Un beso.”
“Adiós chati. Te llamo luego. Adiós.”
≡ Categoría: Lifetime | ≅ Deja tu comentario
¿Quieres que te avisemos cuando se publique un nuevo post?
¿Quieres estar en contacto a través de un lector de RSS?
RSS de los posts |
RSS de los comentarios
¿Quieres consultar algo? Búscalo desde aquí mismo:

Un regalo de una mujer especial: Cèlia, del blog "Transparència", en un dia especial: la Diada de Catalunya de 2008.
Regalo de Navidad 2008:
Maravillosas imagen y palabras de Carme Rosanas, del blog "Col·lecció de moments".
Premio Symbelmine:
Un regalo mágico de Cèlia, del blog "Transparència".



He dicho alguna vez que no me gustan las novelas históricas? Es una manía muy personal ligada a la frustración de no haber vivido el pasado ni poder vivir el futuro: me revienta tener una franja tan limitada por poder conocer hechos de primera mano. Querría poder admirar los adelantos tecnológicos y científicos del futuro tanto como no depender de aquello que otros (generalmente los ganadores o, como me decía un amigo el otro día, los que gritan más) han escrito sobre el pasado. Muchos hechos que ahora nos parecen “Palabra de Dios” histórica deben ser mentiras como catedrales. Por eso, cuando en una novela histórica leo cosas como:
Progula es una banda de cuatro escritores. El prólogo de este libro se titula Pròleg a Progula (”Prólogo a Progula”), y cada punto empieza con un Prologo Progula. Esto me ha servido de fuente de inspiración para hacer una crítica del libro en pocas palabras:
La familia, buenos amigos, paredes queridas y fajos de recuerdos que me gusta desatar de vez en cuando: tengo muchas afectos en Barcelona. Y pese a todo, la primera vez que la visité después de un largo período de tiempo, me costó reprimir una sonrisa. La ciudad parecía haber crecido. La veía enorme, llena de gris y de alquitrán. Las distancias que antes recorría a pie con naturalidad se habían convertido en vías romanas interminables, y la belleza modernista de algunos edificios evitó que su altura me mareara. Hay que reconocer que el tamaño es algo relativo, al menos en cuanto a las ciudades: si los hombres esperan que lo haga extensivo al resto de cosas lo lamento pero pueden esperar sentados.
La maternidad es una cosa curiosa. Empieza con un momento más o menos divertido, y después de nueve meses de ensanchamiento abdominal e intercambio de fluidos, la cosa termina con un esfínter dilatado o un corte en la barriga, lo cual aligera un peso físico temporal y proporciona otro espiritual permanente. Generalmente, con todo este proceso basta para que el sujeto paciente tenga una predisposición que mejore la calidad moral y cultural de la especie, encarnada en el individuo que acaba de asomar la cabecita.


