Internet. Qué invento. Un amigo me dice dónde puedo encontrar el libro, un pedido … y en un par de días ya lo tenía en las manos (el libro, no el amigo).
Unas cosas me recuerdan otras. Hoy le toca a Ramon. Es actor y director, un buen amigo y mi mejor maestro de teatro. Aunque alguna vez me he dado el gusto de verle actuar en el TNC, no ha tenido la suerte que yo creo que merece su talento. Y es que el mundo de la farándula es tan aleatorio como desagradecido.
A Ramon le salen por las orejas los guiones de teatro que ha leído. Le gustan mucho los autores americanos, como Tennessee Williams, Lillian Hellman o William Inge. Dice que tienen la habilidad de explicar historias “gruesas” en el sentido emocional de la palabra de una forma sutil y ligera, provocando que la obra pase engañosamente ante tus ojos como si nada … y de repente te das cuenta de que el nudo estomacal no te lo sacas ni con tres cucharadas de sal de fruta. A mí empezó a aficionarme cuando le traduje y después nos dirigió en Picnic. Siguieron las traducciones de tres obras más de Inge y una de Hellman (la magnífica The children’s hour, que se llevó al cine con el título de La calumnia).
Por eso puedo decir que estoy de acuerdo con él. Y que al acabar de leer El animal moribundo tuve la misma sensación, una especie de Síndrome de Stendhal emocional. El libro había tocado tantas fibras que no sabía cuál estaba en más tensión. Por si no ha quedado claro, me gustó mucho. Intentaré estructurar un poco el por qué y, aunque en general prefiero no hacerlo, en este caso añadiré un pequeño fragmento del texto como ejemplo.
La escritura: Utiliza frases cortas, rotundas pero suaves al mismo tiempo. ¿Se puede ser poético utilizando palabras sencillas? Por supuesto. Es una simple (en realidad, nada simple) cuestión de estilo. Y Philip Roth lo consigue.
“Está ahí en pie, a la espera de la sensación nueva y sorprendente, el nuevo pensamiento, la nueva emoción, y cuando no llegan, nunca, se reprende a sí misma por ser inadecuada y carecer… ¿de qué? Se reprende por no saber siquiera qué es aquello de lo que carece. El arte que huele a modernidad la deja no sólo perpleja sino también decepcionada consigo misma.”
Los hombres: Esto podría dar lugar a un debate entero, pero los hombres -¡afortunadamente!- no son iguales que las mujeres, ni física ni mentalmente. Mejor sería aceptar eso desde el principio y todos seríamos más felices, en lugar de azuzar machismos y feminismos que no tendrían que existir, porque la igualdad como ser humano ya debería estar más que sobreentendida. El caso es que David Kepesh, el protagonista del libro, habla desde su punto de vista masculino, claramente, a veces duramente, sin hipocresía; otra cosa es la opinión que uno pueda tener sobre sus actuaciones, pero este contrapunto a la metrosexualidad resulta curiosamente gratificante.
“El arte francés del coqueteo no me interesa, al contrario que el impulso salvaje. No, esto no es seducción. Esto es comedia. Es la comedia de crear un enlace que no es tal, que no puede competir con el enlace creado sin artificio por la lujuria.”
Las mujeres: La antropología es muy suya. La función de las mujeres en la vida de Kepesh es tan habitual que no sorprende ni escandaliza; a veces habla de ellas desde su punto de vista parcial, otras describe cómo han vivido la vida las mujeres de su entorno y lo hace con precisión y delicadeza. Las utiliza, las ama, las busca, quiere que le ayuden a huir de aquello que tarde o temprano le atrapará y, como a todos, le encontrará solo.
“…he descubierto que las mujeres algo mayores, las de treinta y tantos, están tan ocupadas con su trabajo que muchas de ellas ahora recurren a casamenteros profesionales para que les encuentren hombres. Y a cierta edad dejan de conocer gente nueva. Como me dijo una de las desilusionadas: “Quiénes son las nuevas personas? Son las mismas de antes pero con máscara. No hay en ellas nada nuevo, en absoluto. No son más que gente.”"
La ternura: Aquí empiezo con el texto:
“Tal vez es algo peor que eso, tal vez ahora que estoy cerca de la muerte, también ansío en secreto no ser libre.”
Al final, esta soledad profunda, la falta de calor; el cuerpo es valiente cuando no mira relojes. La sinceridad es igualmente absoluta, pero la necesidad ha cambiado. Y la ternura surge al ver que los fuertes pueden llegar a ser muy débiles, y los hombres muy niños, y las mujeres nada niñas, a veces … ¿ahora soy yo la que hago honor a la antropología? Quizá sí.
Los temas: La política, la cultura, las relaciones amorosas, el miedo, el sexo, el trato con los hijos, con los amigos, la salud… sería mejor que pusiera “la vida”. De un escenario a otro, con transiciones magistrales e invisibles, acabas abanicándote y no sabes cómo has desplegado el abanico.
Mi amigo Japuso y el veí de dalt han ido a ver Elegy. Les ha gustado y su opinión me merece confianza, o sea que también la veré, aunque no creo que supere el impacto del libro.
Siempre se acostumbra a escribir una conclusión. Se me hacía difícil estructurar el potaje de emociones, pero la conclusión es clara: Todos hemos sido, o somos, e indiscutiblemente seremos, animales moribundos.
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He dicho alguna vez que no me gustan las novelas históricas? Es una manía muy personal ligada a la frustración de no haber vivido el pasado ni poder vivir el futuro: me revienta tener una franja tan limitada por poder conocer hechos de primera mano. Querría poder admirar los adelantos tecnológicos y científicos del futuro tanto como no depender de aquello que otros (generalmente los ganadores o, como me decía un amigo el otro día, los que gritan más) han escrito sobre el pasado. Muchos hechos que ahora nos parecen “Palabra de Dios” histórica deben ser mentiras como catedrales. Por eso, cuando en una novela histórica leo cosas como:
Progula es una banda de cuatro escritores. El prólogo de este libro se titula Pròleg a Progula (”Prólogo a Progula”), y cada punto empieza con un Prologo Progula. Esto me ha servido de fuente de inspiración para hacer una crítica del libro en pocas palabras:
Podria decir que se acercaba Sant Jordi y que la presión mediática era considerable, pero no es excusa. La verdad es que
La primera vez que vi este libro me llamó la atención pero no lo compré. Y a la segunda cayó. Una gran compra, lo reconozco. Y una mejor lectura. No nos engañemos: los que busquen en él florituras del tipo