Llegó a casa discretamente, y si comiera podríamos decir que se ha ganado sobradamente los garbanzos. Este aparato inofensivo

me ha permitido pasar a formato digital todas mis obras de teatro. Y cuando digo “mis” quiero decir, únicamente, que yo participaba en ellas. A veces sólo actuando

y a veces, también traduciendo algunos guiones o haciendo una decoración para el escenario.

En total, unas 30 obras que a una media de 3 horas cada una y teniendo en cuenta que hay que estar atento para detener la grabación cuando toca, me han ocupado hasta ahora todos los días desde que acabaron las fiestas. Otra cosa sería que estuviera jubilada y tuviera más tiempo, pero éste -aún más en esta época- es un tema sensible y es mejor no tocarlo.
Me siento muy feliz de haber hecho algo que ya me quemaba. Las cintas de video son lo que son y podríamos decir que algunas ya empezaban a desintegrarse. No penséis que he terminado: los ficheros resultantes van bien servidos; ocupan unos 7 Gb y deben convertirse a otros formatos más manejables. Pero eso ya puedo ir haciéndolo con calma y serenidad.
Y esta introducción me lleva al auténtico tema del post de hoy.
Tras las obras de teatro han venido los videos familiares. Mis padres tenían el de su boda y un par hechos durante las vacaciones de verano. Ahora ya son archivos bien guardados.
Hace cuarenta y un años de la boda de mis padres, y aunque estoy acostumbrada a ver las fotos, me apeteció ver el video. Me quedé sin palabras. Mi madrina y mi padrino eran jovencitos de instituto, mis abuelos estaban fuertes y saludables, muchos de los invitados eran más jóvenes que yo misma ahora. De repente, desde la pantalla, me estaban mirando muchas personas que ya no están. Mis abuelos paternos, mi bisabuela y su hermano, primos, amigos … sonreían, se movían, saludaban. Vivían. La hostia.
Los videos de las vacaciones también tuvieron tela. Ualaub tenía once años, y Gesche siete. Nos bañábamos en la piscina mientras los abuelos se sentaban a la sombra o subíamos todos a Dalt Vila haciendo equilibrios entre el adoquinado y la pendiente del suelo, mirábamos alejarse la costa desde el barco o charlábamos con un buen amigo balear que también se ha ido para siempre.
He pensado mucho en las personas a quienes no gusta que les hagan fotografías o películas, en la expresión de que es como si te robaran el alma. Ya sabemos que racionalmente no es así -de hecho, racionalmente ni podemos decir que hay un alma- pero las fotografías, y aún más el vídeo tienen, detrás de la tecnología plana y fría, una especie de poder sobrenatural: La captura de instantes irrepetibles, de personas y momentos vividos que quizás hemos olvidado. Veremos qué tuvimos en las manos, cuando nos movimos, quien se nos dirigió, cómo sonreímos.
Y a pesar de esta mano invisible que se te cierra sobre el corazón y aprieta el puño cuando las miras, a mí me gusta tener fotografías o grabaciones. Quizá porque valoro los recuerdos, quizá porque estoy agradecida a la vida por lo que me ha dado, y finalmente, quizá porque ya tengo una edad y acabo de descubrir que si todavía respiro, dentro de veinte años el día de hoy también será un paraíso perdido.
≡ Categoría: Lifetime | ≅ 2 Comentarios
¿Quieres que te avisemos cuando se publique un nuevo post?
¿Quieres estar en contacto a través de un lector de RSS?
RSS de los posts |
RSS de los comentarios
¿Quieres consultar algo? Búscalo desde aquí mismo:

Un regalo de una mujer especial: Cèlia, del blog "Transparència", en un dia especial: la Diada de Catalunya de 2008.
Regalo de Navidad 2008:
Maravillosas imagen y palabras de Carme Rosanas, del blog "Col·lecció de moments".
Premio Symbelmine:
Un regalo mágico de Cèlia, del blog "Transparència".


















